En Val Müstair, María calcula la tensión del telar apretando apenas el pulgar contra el índice. Dice que los hilos se ponen tercos si hay prisa. Cuando canta, la lanzadera corre mejor. Nos presta bufandas para entender con la piel lo que explican mal las palabras.
En Rovinj, Luka repara batanas con clavos contados. Afirma que cada golpe recuerda otro antiguo, y que la embarcación responde cuando escucha su propio pasado. Una tarde, el mar subió de golpe y el casco aguantó; brindamos con aceite nuevo y pan tibio del muelle.
En Spilimbergo, Giulia sostiene el martillo y la tagliola como si fueran metrónomos. Las teselas obedecen cuando el ritmo es justo. Nos enseña a mirar la piedra contra la luz; allí aparece un destello verdoso que, dice, señala el sitio exacto del siguiente corte.